Los nuevos pobres tienen trabajo

María Martín trabaja desde hace más de tres décadas en una frutería y a final de mes su sueldo apenas alcanza los 700 euros netos. (JORGE PARÍS)


Los nuevos pobres tienen trabajo. No engordan las cifras del paro, pero están muy lejos de encarnar la imagen de la supuesta recuperación económica. El número de trabajadores pobres no ha hecho más que crecer en los últimos años y tener un empleo ya no es una garantía de bienestar.
La Organización Internacional del Trabajo estima que actualmente uno de cada cinco trabajadores de España se encuentra en situación de pobreza. Los trabajadores con escasos recursos han ido al alza en los últimos años: en 2000 suponían el 18% del total de asalariados en España, según datos de la OIT basados en estadísticas de Eurostat, y en 2014 se situó 22,2% de los ocupados. Este aumento de 4,2 puntos es superior al incremento registrado en la media de países europeos, donde se ha elevado desde el 15% en 2000 hasta el 16,6% actual. Por su parte, Cáritas estima en un informe de 2014 que el 53% de las personas que acuden a la organización en busca de algún tipo de ayuda viven en un hogar con al menos una persona empleada.
Un estudio elaborado por la Escuela de relaciones laborales de A Coruña sitúa el umbral de la pobreza para un trabajador en la cifra 856 euros de ingresos netos al mes. Para ello toman como referencia la Carta Social Europea -que establece que ese umbral debe situarse en el 60% de los ingresos disponibles en un estado miembro- y realizan el cálculo tomando los últimos datos sobre ingresos de Eurostat.
Por lo tanto, el salario mínimo interprofesional -fijado en 655,20 euros-, se antoja insuficiente para evitar que aquellos que lo perciben se encuentren en una situación de pobreza si no tienen algún tipo de ayuda terceros. Además, el aumento del empleo a tiempo parcial propicia que en multitud de ocasiones el salario del trabajador se sitúe incluso por debajo de esa cifra.
“La falta de empleo lleva a aceptar empleos precarios”, explica Iñaki Iriondo, profesor del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Complutense. En España la pobreza en términos relativos es del 29%, pero eso no significa que más de un cuarto de los españoles sean indigentes, explica Iriondo.
La imagen de persona pobre que reside en el ideario colectivo no se ajusta a la definición según parámetros estadísticos. “Por lo común el trabajador pobre está integrado socialmente. Puede ser una persona joven que a pesar de tener un empleo no puede emanciparse y sobrevive porque le dan techo y comida”, explica el profesor. Cuando los lazos familiares no alcanzan para salvar a esos trabajadores, se dan casos como el siguiente:

Julián Pérez, 40 años

Julián Pérez (nombre falso) no tiene mujer ni hijos. Tampoco tiene un alto nivel de estudios. Antes de la crisis se dedicaba a la construcción. “Hacía tejados y me llevaba un buen dinero al mes”, recuerda. Sin embargo la crisis económica llegó para partir su vida en dos. Tanto que se refiere al día en que se quedó sin trabajo como “el momento en el que empezó esta desgracia”.
Hace algo más de un lustro que se le acabó el paro y aunque ahora está cotizando, su trabajo no le permite tener unas condiciones de vida dignas. En el último mes ha trabajado durante siete días de mozo de almacén para una ETT, lo que le permitirá ingresar 325 euros. A pesar de ser sólo una semana de trabajo en todo el mes, Julián celebra que “este mes he empezado a trabajar con algo más de asiduidad”.
“Es una mierda pero a las malas tienes algo, antes me daban verdaderas ganas de cortarme las venas”, dice Julián recordando trabajos anteriores, como el que tuvo el verano pasado. Durante el mes de julio, Julián trabajó como vigilante para Segur a través de una subcontrata. También le llamaban para trabajar jornadas sueltas, pero en ese caso el salario era aún peor: 5 euros brutos por hora en horario nocturno. “No parabas de currar en toda la noche y sin plus de nocturnidad”, recuerda.
A causa de la inestabilidad de sus ingresos, su situación habitacional es altamente precaria. Actualmente vive “como una especie de ocupa” en el piso de una persona que está pendiente de embargo. Hasta que el banco se haga definitivamente con la casa, el dueño le deja vivir allí sin coste alguno. Los meses que los ingresos son demasiado bajos, acude a la Fundación Luz Casanova en busca de alimentos. Julián admite que gracias a la ayuda de esta organización y a la de su madre “al menos tiene la comida asegurada”. “En los últimos años he tirado como he podido gracias a la ayuda de mi madre y a la bondad de la gente”.
Lo peor para Julián es que no vislumbra una solución a corto plazo. “Echar currículums es una lotería, te pasas todo el día buscando y luego no te llama ni el tato”, relata. En la ETT en la que recientemente le llamaron para mozo de almacén llevaba un año pidiendo trabajo, asegura. Además de la dificultad para encontrar estos trabajos mal pagados, Julián dice que es casi imposible mantener los puestos lo suficiente para dar algo de estabilidad a su vida. “Te tiran aunque valgas ya que les trae a cuenta coger a otro porque las nuevas contrataciones tienen ventajas fiscales. Te utilizan, te tiran y que siga la fiesta”,sentencia. 

María Martín, 49 años

María trabaja en una frutería desde hace 30 años. Es una autónoma que trabaja como colaboradora de un autónomo. No goza de la protección de una persona asalariada ya que, según explica ella misma, se ve obligada a aportar su cotización a la seguridad social de su propio bolsillo. Gana alrededor de 1.100 euros brutos al mes, que tras el IRPF y el pago de la cuota de autónomos se quedan en 690 euros.
“Es muy diferente cobrar 1.100 euros como asalariado que como colaborador autónomo”, relata María. “Sé que no es una situación buena, pero después de 30 años no me compensa marcharme, no me cogerían en ningún lado”.
Tres décadas levantándose a las siete de la mañana no le han servido para mejorar sus condiciones laborales hasta tener un salario que por sí mismo le asegure unas condiciones dignas de vida. Son los lazos familiares los que la salvan: “mi marido gana algo más que yo, si no sería imposible salir adelante”, explica María, que tiene dos hijos y una hipoteca.
“Soy una trabajadora pobre”, admite María sin complejos. Esta frutera no alberga demasiada esperanza en que un posible cambio de Gobierno mejore sus condiciones laborales: “Ningún gobernante se acuerda del verdaderamente pobre. El que come no se acuerda del que no come”, sentencia resignada María.

Javier Medina, 23 años

Javier trabaja actualmente en la seguridad de un almacén para el Canal de Isabel II y ha conseguido estabilizar su situación. Sin embargo, su historia en el último año está marcada por el trabajo precario. En los últimos meses de 2014 estuvo empleado en una ETT. “Trabajar ahí era vivir para ellos”, recuerda Javier, que debía tener una disponibilidad prácticamente inmediata para incorporarse a puestos que apenas duraban un par de días. “El máximo de días seguidos trabajando fueron en la fiesta del Oktoberfest, en la que me contrataron para cuatro días”.
Javier vive sólo en Madrid. Después de que su padre se jubilase, la familia pasó por dificultades económicas y a sus padres les salía más a cuenta mudarse al pueblo. “Una aldea en Jaén con 800 habitantes”, explica Javier. Al terminar con la ETT este joven estuvo durante un tiempo trabajando de camarero sin contrato en su pueblo, pero decidió volverse a Madrid porque “allí no hay futuro para una persona joven”.
Al volver a Madrid, encontró un trabajo a jornada parcial en una tienda de accesorios de telefonía. Durante cuatro meses estuvo cobrando 400 euros por cuatro días de trabajo a la semana en una jornada de seis horas. A pesar de no tener que pagar piso al vivir en la antigua vivienda de sus padres en Madrid, Javier recuerda aquellos días como una época dura. “No sabría decir cómo me las apañé, sólo en transporte hacia el trabajo se me iban 100 euros y con lo que sobraba debía rebuscar para pagar facturas y comida. A veces no me daba para todo”, relata.
Ahora, en su trabajo en el Canal de Isabel II, cobra unos 1.035 euros brutos que tras impuestos y un descuento del 10% para trabajadores de primer año apenas llegan a los 900 euros. No llega a mileurista. Sin embargo, Javier asegura que “con los tiempos que corren puede considerarse una persona afortunada”.